miércoles, 11 de agosto de 2010

¿Por qué elegí estudiar Ciencias de la Comunicación?

Realmente no tengo una respuesta concreta en dos o tres palabras.

Terminando el colegio, no sabía a qué carrera dedicarme, lo único que me apasionaba y pensaba era en dedicarme a la música. Quizás al conservatorio o también estudiar ingeniería de sonido. Pero siempre estuvo la presión de mis padres por ejercer una profesión y no sólo vivir de la música. Accedí de todas formas.

En el verano siguiente, una psicóloga me explicó sobre las distintas carreras acompañado de un test vocacional: arrojó en primera instancia el arte y luego ingeniería ambiental y no sé que otra rareza más, mas no comunicaciones. Aunque yo de por sí soy extrovertido, social y espontáneo en muchas cosas.

Yo conocía a unos compañeros del colegio que eran dos años mayor que yo y ya estudiaban comunicaciones en  la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) y otras dos amigas en la Universidad de San Martín de Porres (USMP). Por curiosidad, un día cualquiera, cada uno me prestó sus prospectos que dan cuando postulas y donde detallan carrera por carrera. Me tomé toda una tarde en leer detenidamente cada carrera pero abarcaban gráficos y también páginas web donde había material audiovisual, como también el ambiente físico donde pasaría los cinco años de mi carrera, si me animaba por alguna de ellas.

Pues examinando mi propio perfil, me acercaba más para comunicaciones pero aún no estaba seguro si seguir la carrera o estudiar música como lo dije a un principio. Hasta que uno de los de la PUCP, me entregó un material muy valioso y clave para mí. Fue una descripción muy pero muy detallada de cada rama de la carrera. Eran fichas medianas de cinco a seis hojas cada una y tenía algo como un subliminal escondido pero que jalaba de sólo verlo.

Cuando llegué a la ficha que explicaba todo lo que es la rama de comunicación audiovisual, quedé muy fascinado con los cursos y todo lo que podía aprender y hacer. Eso era lo que en un principio debí haber sabido. Con esa ficha en la mano empecé a buscar mucha más información de la carrera y ya mucho más seguro decidí hacerla en la mejor universidad (ya que indagué muy bien cuál era la mejor de Lima en dicha carrera). Esa fue la USMP, por diversas fuentes y también preguntando a algunos comunicadores y la mayoría acertaba en la misma, claro que me viera gustado estudiar en la PUCP ya que tenía conocidos y es toda una ciudad universitaria muy bacán, pero me quedé con la mejor y aquí sigo, y no he dudado en cambiarme de rama y me encuentro a pocos ciclos de elegir la rama. Me especializaré en comunicación audiovisual y nadie cambiará mi decisión, aunque también la radio es otra que me llama, pero más prioridad y entusiasmo le doy a la de audiovisual.

lunes, 9 de agosto de 2010

Mi quenagrafía musical

Una caña mediana de bambú con siete pequeños orificios en el cuerpo y dos en cada extremo, algo sencillo a simple percepción pero en realidad, puede hacer deleitar hasta a un “corazón de piedra” con sólo escuchar y sentir una melodía de esta: La quena.

Este instrumento andino que, desde nuestros antepasados, ha reflejado el sonido de la naturaleza y también de los sentimientos humanos, como en mi caso. En mi niñez, escuchaba música variada y del momento. No tenía un género musical de preferencia ni tampoco tenía interés en dedicarme a la música hasta los 11 años. Recuerdo aún ese día. Era una clausura más del año escolar, aunque para mí culminaban mis estudios primarios y con todos mis compañeros estábamos muy emocionados por las vacaciones y con una gran curiosidad por la secundaria, que terminando los meses de verano, la iniciábamos. Los números artísticos de la actuación empezaron, como siempre, con inicial de cuatro y cinco años. Bailes, cantos, poesías y pequeñas obras teatrales fueron unos de los tantos números. Para culminar, los alumnos de segundo de secundaria tenían preparado un número especial con el profesor de música. Salieron unos ocho alumnos con zampoñas y quenas, lo cual no me llamó casi nada la atención al inicio, hasta que empezaron con el tema “Zambito”, del grupo “Yawar”. Al finalizar, me quedé muy estupefacto, pues me ‘hechizó’ el sonido de esos instrumentos y la forma de ejecutarlos.

El director del colegio dio unas palabras de despedida a los docentes y alumnos, y para culminar, deseando felices fiestas de fin de año. Terminada la ceremonia, seguía pasmado por las canciones y los instrumentos tocados por los de segundo de secundaria. Para mi buena suerte, conocía a uno de ellos: a Daniel. Me acerqué hacia él, entre el tumulto de los alumnos y madres de familia presentes, para decirle que me quedé fascinado con esos tubitos atados entre sí, y pedirle que me preste el suyo. Pensé que sería fácil de hacerlo sonar, y no fue así, era más ‘yuca’ que quitarse un moco con un guante de box puesto, por lo tanto, no me quedó de otra que decirle que me enseñe a tocar la zampoña. Fueron casi dos semanas de práctica para encontrarle y agarrarle la maña; para ese entonces ya tenía mi propia zampoña.

Uno de esos días, Daniel trajo a mi casa una quena, en realidad pensé que sólo tocaba zampoña. Me contó que su tío de La Oroya se lo había obsequiado y aprendió a tocar lo básico con esas revistas que se llaman “Quena Fácil”. Intenté también poder tocarlo, pero tenía otro tipo de embocadura y era aún más difícil. Por el momento, seguí practicando y aprendiendo nuevas canciones con la zampoña.

 
El verano llegó y no dudé en decirle a mi señora madre o ‘viejita’ que me inscriba en un curso de zampoña en mi colegio. Con el profesor tuve mucha confianza desde el inicio y también él tenía su quena. Eso me hizo querer aprender más… quería ahora saber tocar la quena. A diario acompañaba a mi mamá al mercado para ayudarle a cargar las compras, y siempre pasábamos por un stand que vendía al público cerámicas de la sierra, recuerdos y cosas por el estilo. Uno de esos días me detuve a ver por simple curiosidad la mercadería y… ¡la vi!, una quena con dibujos de llama, que colgaba de un estribo; pregunté por el precio y sólo era de seis soles, algo muy barato. Al día siguiente fui con el dinero y la compré: mi primera quena; pero había un pequeño ‘gran’ defecto…estaba con una rajadura. Pues no fui a devolverlo, ya que era la única que estaba en la tienda, aparte ya me había encariñado; enrollé la quena con harta gutapercha hasta que la rajadura quedó lo más cerrada posible.

 
A la siguiente clase de música fui todo como un niño alegre con su juguete nuevo, en este caso con mi quena nueva. Le mostré a mi profesor y recuerdo que me dijo: “¡Jaja! Giancarlo, esta quena es para adornar tu casa o tenerlo como recuerdo, no para aprender a tocar”. Me quedé un poco apenado y me recomendó ir a plaza “Dos de mayo” para comprarme una.
Llegué a conseguirme una de la misma marca que la de mi profe. Con esa aprendí todo lo básico y para el aniversario de mi colegio, salí con unos cuantos alumnos seleccionados para acompañar en los cantos de huayno, vals, saya, entre otros; claro que también seguía tocando la zampoña. Ya luego de un año, formamos un grupo del colegio llamado “Proyecto Andino”, en el cual pasaron varios alumnos y quedamos sólo unos cuatro. Con ellos seguimos practicando, junto con el profe, presentándonos en cada actuación del colegio, actividades de diferentes lugares y centro educativos. Nuestros temas que siempre terminaban en interminables aplausos era “Pájaro chowin-campana” (en este yo me lucía, era como un ‘solo’ de quena toda la canción), “Zambito”, “Moliendo café” y “Vírgenes de a sol”, digo “…Del sol”.

 
Me fui empapando mucho más en lo que era la quena, ya que escuchaba muchos grupos que lo tocaban profesionalmente, y era un sonido que yo, por el momento, no lograba alcanzar. Con ella iba a todos lados. Había un viaje familiar, la llevaba; un paseo del colegio, también; algún lugar en el que sabía que habría un buen rato sin nada que hacer, era propicio para seguir practicando. Cuando tuvieron que hacerme un cambio de colegio, por diversos motivos, no dejé de verme con mis amigos del grupo ni con el profesor, seguimos dándole ‘duro y parejo’. En el otro colegio, también participé tocando unos temas de “Los Beatles” como “Hey jude”, “Obladi-oblada” y “Let it be”, con karaokes que me conseguía. También acompañado de mi quena, me enamoré por primera vez, pues de vez en cuando me quedaba ensayando con mi tutor que tocaba la guitarra, y siempre una de las alumnas, de un grado menor que el mío, entraba a escuchar con su amiga. Buenos y malos momentos pasé con mi quena, aunque un 80% de buenos momentos, como cuando tocaba casi todos los sábados, en la peña del taller de Yawar, junto a unos ex –alumnos de allí. Sigo en la música, aunque por ahora toco la batería, pero mi quena no la dejo jamás, fue mi clave o mi empujón hacia este mundo de la música.